¿Cuándo se necesita un intérprete en eventos deportivos? En la cancha, casi nunca; en la sala donde se decide la próxima sede, siempre. Recorremos, de la mano de una fuente autorizada, los momentos exactos en que un gran evento deportivo necesita interpretación y quién debe proporcionarla.
Mientras usted lee esto, el público futbolero de todo el planeta experimenta la resaca del recién concluido Mundial de la FIFA 2026. Se dieron cita 48 selecciones en tres países anfitriones: imaginemos el intercambio cultural y lingüístico que tuvo lugar, durante más de un mes, en salas de prensa, tribunas, restaurantes, bares, camerinos y canchas. Quizá solo sea equiparable con los Juegos Olímpicos —el evento deportivo más grande y políglota de la historia—.
Los idiomas median entre deportistas, claro está; pero también entre las delegaciones, periodistas, médicos y dirigentes cuyas negociaciones resultan, a veces, en transacciones multimillonarias. Pero no todas esas interacciones multilingües se resuelven de la misma manera: como lo argumentamos en nuestro artículo anterior sobre inteligencia artificial e interpretación, aquí la máquina todavía no alcanza: la precisión, la cultura y el temple en vivo siguen siendo terreno del intérprete humano.
Para entender cuándo hace falta un intérprete en un evento deportivo de la envergadura de los Olímpicos, el Mundial de la FIFA o los Juegos Panamericanos, hay que subir la escala de la necesidad de comunicación de abajo hacia arriba. Dicha escala la recorrimos de la mano de Catalina Chica, una médica deportóloga colombiana que ha acompañado a delegaciones de su país en torneos internacionales. Esto fue lo que nos contó.
1. En la competencia: casi nunca
El escalón más bajo es, curiosamente, el del deporte en sí. En la cancha, en el tapiz, en la piscina, casi no se necesita intérprete. “Los deportistas manejan el lenguaje internacional de su deporte”, explica Catalina. “Alguien dice ‘offside’ y lo entienden todos los jugadores de fútbol; nosotros decimos ‘fuera de lugar’, pero es lo mismo. Y así con cada deporte: la reglamentación y las palabras clave del juego son universales”.
A eso se suma que la élite deportiva en ciertas disciplinas se conoce entre sí. “La gente que llega a un Mundial o a unos Olímpicos lleva años cruzándose con los mismos rivales desde los torneos juveniles. Ya hay una comunicación construida a punta de gestos, señas y un inglés de supervivencia”, añade.
Eso sí: pese a que la FIFA —por ejemplo— exija como requisito que los árbitros hablen inglés, el sistema no es infalible. En el partido inaugural del Mundial de 2026, el árbitro brasileño Wilton Sampaio se volvió viral cuando un jugador sudafricano quedó visiblemente perdido tratando de entender una decisión mal comunicada: en la cancha todo se resuelve con gestos e inglés —no con intérpretes—, pero cuando ese inglés falla, se siente.
Hay un matiz cultural a tener en cuenta: cada disciplina tiene su idioma de referencia. “En el ciclo olímpico, el primer idioma es el francés, después el inglés y luego el ruso”, sostiene la deportóloga. “Y en los deportes de combate muchas de las palabras clave son rusas”.
2. La rueda de prensa: el caso clásico
Aquí sí empieza el trabajo. La rueda de prensa es el escenario donde el intérprete, que casi siempre aporta la organización del evento, deja de ser un lujo y se vuelve indispensable.
La mecánica tiene dos direcciones. Por un lado está el deportista que no habla el idioma común y que recibe una pregunta en inglés o en francés: alguien tiene que traducírsela a su idioma en tiempo real. “Le ponen un intérprete al deportista para traducirle las preguntas a su idioma, y para que luego decenas de periodistas de distintos países puedan seguir cada respuesta”, dice Catalina Chica.
Este es un trabajo de altísima precisión: un error se replica al instante ante millones de personas. En el Mundial de Qatar 2022, un fallo de interpretación en una rueda de prensa hizo creer a la afición coreana que su técnico, Paulo Bento, había anunciado la baja de dos jugadores. No era exactamente lo que había dicho. El resultado: una queja formal ante la FIFA. Y hay otra anécdota en sentido contrario: un joven José Mourinho se ganó el apodo de “El Traductor” interpretando para el técnico Bobby Robson antes de convertirse, él mismo, en leyenda.
3. Hacia el público: la voz superpuesta
Existe una tercera capa que el espectador vive sin notarla: la traducción para la transmisión. El deportista contesta en su idioma y la cadena va montando una voz superpuesta para su audiencia local. Muchas veces se encadenan varios niveles —el intérprete de sala o cabina, la traducción al inglés para la prensa internacional, la voz superpuesta del noticiero— sin que nada de eso se vea en pantalla. Para una productora de televisión, esta capa es tan crítica como la iluminación o el audio.
4. Las delegaciones de prensa: con su propio intérprete
A veces, los intérpretes que uno ve alrededor de los deportistas no los lleva la delegación deportiva al evento, sino la periodística de la nación respectiva. Es decir: un medio grande de comunicación, o un grupo de prensa de un país específico, viaja con su propio intérprete simultáneo para no depender de la cadena de traducciones que allí se ofrezcan. Cuando un equipo prevé que va a enfrentar un idioma poco común o de mucho volumen informativo, contrata su propia interpretación para reforzar la del organizador. La delegación deportiva, en cambio, rara vez viaja con intérprete propio para los atletas, ya sea porque confía en que lo “aporte” el organizador central del evento o porque no cuenta con el presupuesto necesario para ello. “A los deportistas con sus entrenadores nunca les ponen intérprete”, confirma la doctora. “Muy rara vez una delegación deportiva viaja con el suyo”.
5. El área médica y el control antidopaje
Este escalón es más sutil y quizá es por eso que algunos organizadores lo subestiman. Casi todos los médicos de alto nivel hablan inglés, dice Chica, y cada delegación ‘seria’ viaja con el suyo. “El deportista lesionado encuentra, por lo general, que su médico le facilita la comunicación”, sostiene la médica deportóloga. “Pero de vez en cuando llega un médico que no habla inglés, y ahí sí toca traer un intérprete: imagine usted los peligros si esto no se hace”.
Por eso, el organizador inteligente no pone un intérprete fijo en la zona médica, sino que opta por mantener intérpretes “de guardia” disponibles para todo el evento: “A veces, el evento contrata unos intérpretes para que estén disponibles en general, por si se necesitan aquí y allá. Se les llama cuando aparece un idioma que nadie más cubre”.
Hay un contexto donde esto pasa de recomendable a normativo: el control antidopaje. Las reglas de la Agencia Mundial Antidopaje reconocen expresamente el derecho del atleta a solicitar un intérprete durante el proceso de control. En un procedimiento donde un malentendido puede terminar en una sanción de años, la comunicación exacta no es cortesía: es una garantía. Un organizador que no la prevé se expone a un problema serio.
6. El nivel dirigencial: siempre
En la cúspide de la escala —aceptémoslo— está la dirigencia política y económica del deporte, para la que el intérprete nunca falta. Hay dos razones distintas para ello.
La primera es el protocolo. A los presidentes de federaciones se les atiende como VIP: comidas, recorridos, actos sociales. Esa cortesía suele aportarla el anfitrión local, y a veces cubre a toda la delegación. La deportóloga lo vivió en un mundial en Uzbekistán: “La federación local le puso un intérprete a cada delegación. La presidenta andaba con la intérprete para todos lados, sobre todo para las reuniones entre presidentes de federación”. Su delegación aprovechó a esa misma profesional para conocer la ciudad y entender a los ciudadanos de un mercado local; pero el propósito de fondo era otro.
Ese propósito es la segunda razón, la de verdadero peso: la gobernanza. En estos eventos, aprovechando que están todos los países representados, los dirigentes se reúnen a puerta cerrada a tomar decisiones que cambian el deporte. “Los presidentes de las federaciones negocian: representan los intereses de su país”, explica la fuente. “Los Olímpicos son como unas Naciones Unidas, pero deportivas”. ¿Qué negocian? “Deciden dónde va a ser el próximo evento, quién lo financia, si hay que poner plata o no, o un cambio de reglamento. Y también la parte política: a quién se apoya para el siguiente periodo en una presidencia, por ejemplo”.
Por lo anterior, aquí la interpretación simultánea —con cabina y receptores— resulta crítica. Y no es casualidad que los grandes organismos la tengan por estatuto. El Congreso de la FIFA opera con intérpretes calificados en siete idiomas (inglés, español, francés, alemán, ruso, árabe y portugués), y sus reglas permiten que un delegado hable en su lengua materna siempre que garantice la interpretación a un idioma oficial. El Comité Olímpico Internacional, por su parte, exige por la Regla 23 de la Carta Olímpica interpretación simultánea en francés e inglés en todas sus sesiones —y en caso de discrepancia, prevalece el francés—. Cuando lo que está en juego es una sede, un presupuesto o una regla, nadie se arriesga a un malentendido.
La conclusión para quien produce el evento
Planear la interpretación de un gran evento deportivo no es contratar “unos traductores por si acaso”. Es mapear escenarios: cuántas cabinas, para qué idiomas, en qué salas, con qué intérpretes de guardia y para qué delegaciones. Es entender que el francés manda en el ciclo olímpico, que el ruso domina en los deportes de combate, y que un error en una rueda de prensa se vuelve viral en segundos.
En un mundo que corre a subtitular todo con inteligencia artificial, el gran evento deportivo sigue demostrando lo contrario: cuando hay una sede en juego, una lesión que atender o una carrera que se puede sancionar, la comunicación no puede fallar. Y para que no falle, todavía hace falta una persona.



